El transcurrir del tiempo, con su bálsamo cicatrizante, en ocasiones logra convertir la difícil pesadumbre de los recuerdos que, de manera ordenada o disoluta, van acercándose a nuestra memoria, en reconfortantes vivencias de un pasado que en ocasiones no es muy lejano.
El cabello blanco, las cicatrices, arrugas y expresiones, nos hablan de lo mucho vivido. A poco que profundizas en ellas te das cuenta de que nada ha sido fácil, como medallas en el pecho, nos muestran las vanaglorias del sufrimiento, en una época en la que no se defendían las opiniones con la palabra, en la que el miedo acechaba los corazones, tratando de arrebatar la vida del que por delante se pusiese. ¿Qué importancia tenía la ideología cuando es el odio el que por detrás empuja? Quizás, tantos años de sufrimiento han sido los que forjaron un sentimiento especial por vivir cada, día cada minuto. Siempre abierto a nuevas experiencias con una mirada e ilusión idéntica a la que mi cámara captó en este instante, el brillo verde de sus ojos delata a un joven que trata de romper con el cuerpo de un anciano. Es tanto lo que añoro tus sabios consejos, que viéndote los escucho uno a uno, como si el reloj del tiempo no hubiese corrido, como si mis incipientes arrugas y demás circunstancias de la edad, no fuesen conmigo.








