La fuerza con la que estos hombres golpean sus tambores, es la que yo quiero para luchar contra la adversidad, la que yo pido para que mis pequeños sean valientes. La fuerza que transmiten estos hombres es la plasticidad de que todo se puede conseguir. La venda en la mano de uno de ellos, es el tributo de un sufrimiento contenido, tras horas de golpear su tambor.
Es algo especial… es un ritmo que te hace avanzar, sentir, vibrar. A cada golpe una historia, un motivo para seguir y así uno tras otro con un ritmo brutal, es una especie de redención. La cara de estos hombres y los que con ellos estaban, son el estandarte de la pasión, guerreros del ritmo atronador.
No están solos, formaban parte de un grupo cuantioso, era verano y estábamos en Portugal, concretamente en Vilanova de Cerveira. Adoro Vilanova: sus calles, sus gentes… adoro Portugal.


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