…crecía y decrecía como la luna; pero en las fases altas, cuando pintaba y el cuadro respondía a mis expectativas, me identificaba de tal modo con él, que olvidaba la hora que era, dónde estaba, incluso quién era yo. En alguna ocasión me sucedió no darme cuenta de que existía, hasta que anocheció y dejé de distinguir los colores. En tales casos se producía como un despertar, un parpadeo incrédulo, un descenso de las nubes. Permanecía un rato inmóvil. Al cabo, encendía la luz, me frotaba los ojos y me recreaba en mi propia obra. La veía como nueva, como si fuera de otro, como en una exposición en la que acabara de entrar. Yo mismo ignoraba cómo había solventado las dificultades que ahora veía resueltas en el cuadro. Me asombraba de mi propia maestría. Tan ajeno me sentía, que de estas obras solía decir que las habían pintado los ángeles, que mi mano sólo había servido de instrumento. Ella antes de entrar en el estudio, atisbaba por la rendija de la puerta y, si me veía en pleno transporte, arrobado, bajaba y comía con los chicos, sin esperarme. A la noche, cuando me veía aparecer como un sonámbulo, me preguntaba: Bajaron los ángeles, ¿verdad? Yo asentía: Vamos a ver el cuadro.
Miguel Delibes (Señora de rojo sobre fondo gris)
¡Cuántos libros leídos de Miguel Delibes! Este en concreto. Son todos tan entrañables; como era él. Toca releer.
ResponderEliminar¡Y que lo dias!
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